Conversando con Educadores en Costa Rica

A fines de octubre, me invitaron a participar de un seminario internacional en San José de Costa Rica, centrado en un interesante desafío: “Cómo Mejorar las Modalidades Flexibles de Educación”. El evento fue organizado por el Ministerio de Educación Pública (MEP) de Costa Rica, la Oficina de la UNESCO para Centroamérica y Panamá, y la Municipalidad de Desamparados, contando con el apoyo de la OIT y de la Coordinadora Educativa y Cultural Centroamericana (CECC) del SICA (Sistema de Integración Centroamericana).

Costa Rica tiene, en la comparación latinoamericana, indicadores que muestran un buen desempeño en varias áreas claves, sobre todo en materia de cobertura, pero a la vez, tiene problemas serios de calidad y de rendimiento (entre los que se destacan importantes niveles de abandono en la secundaria) todo lo cual está excelentemente documentado en el “Tercer Informe: Estado de la Educación” (2011) elaborado en el marco de una importante iniciativa, denominada “Estado de la Nación”, implementada por el Consejo de Rectores de las Universidades costarricenses y que permite contar regularmente con rigurosas radiografías al respecto.

Las exposiciones realizadas en el evento, me permitieron conocer varias experiencias relevantes, que se vienen desarrollando en el campo de lo que generalmente se conoce como “modalidades flexibles de educación”, que funcionan (en la mayor parte de los casos) en paralelo a las modalidades más formales (y no tan flexibles, por cierto) que orientan el grueso de la oferta a nivel primario y secundario. Y al mismo tiempo, pudimos contrastar la experiencia costarricense con un par de experiencias latinoamericanas (una correspondiente al municipio de Quito y otra que se desarrolla en El Salvador).

Las dos jornadas de reflexión colectiva me permitieron constatar el empeño con que la mayor parte de los educadores implicados en estas “modalidades flexibles” despliega su trabajo cotidiano, y al mismo tiempo, las notorias dificultades que enfrentan día tras día, en un trabajo complejo, con “públicos” muy particulares (jóvenes y adultos que han abandonado la educación regular y tratan de compensar -de algún modo- las limitantes correspondientes, tratando de culminar alguno de los ciclos a través, por ejemplo, de modalidades “aceleradas” que brindan la formación de varios años en uno solo.

Me tocó presentar algunas experiencias latinoamericanas, desde la perspectiva de los jóvenes (más que desde la mirada de los educadores), por lo que insistí en el conflicto cotidiano entre cultura juvenil y cultura escolar, así como en la necesidad de flexibilizar el conjunto del sistema educativo (más que contar con “modalidades flexibles” que siempre tienen escasa cobertura) comentando al mismo tiempo que mientras en las encuestas a jóvenes éstos comentan que la enseñanza es aburrida y no aporta nada relevante para la vida, las encuestas a docentes muestran que -para ellos/as- los estudiantes desertan porque el “entorno” (pobreza, familias desintegradas, padres con escasos niveles educativos, etc.) es adverso y no por razones internas del propio sistema. Fue interesante el consenso generado en cuanto a la pertinencia de hablar de “expulsión” (el sistema es responsable del “fracaso”) más que de “deserción” (la “culpa” es de los propios jóvenes). No hace falta estigmatizar más aún y es bueno asumir las responsabilidades propias.

Ernesto Rodríguez

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